La misma lluvia

Aunque nunca volviera a pisar el camino
de los eucaliptus o a detenerme en la cuneta
para contemplar el oleaje, la cadencia milagrosa
del oleaje que me enseñó la lentitud para darle nombre
al mundo y clavar en el alma las raíces
más indestructibles,
                                    yo sé que seguirá lloviendo
para mi corazón en el camino del faro
y en la isla solitaria,
como lo hace cada noche a los pies de mi cama
y en la ladera de una montaña
de la que nunca contemplaré la silueta,
como llueve en la palabra miedo
y en aquella despedida que puede confundirse
con la noche,
                        llueve en el bosque de los cuentos
y en el columpio vacío
y en la espalda de un anciano.

Llueve sin esconderse. Sábado, invierno,
festivo, madrugada. Cuando toca.

Me gusta que lo haga después del desayuno
para mirar en paz por la ventana.
Se empapará el silencio de agua nueva.
Se mojará la tierra de la huerta
alegremente
y los zapatos de los niños
que la abuela ha dejado abandonados
en el fregadero del patio,
se encharcarán también la escalera de granito,
las mazorcas,
el banco de la plaza
y el aire invisible que nos dio la vida.

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