Intrusa

Ya sabes que no andará muy lejos.
A estas alturas de la edad
ni siquiera es necesario
intepretar los síntomas. Hace ya tiempo
que se prodiga más de la cuenta, se cuela
sin llamar, se pone pesadita.
                                                           Algunas noches
uno está más desnudo− se ha dejado ver
sin disimulo, a cara descubierta (es un decir),
más fea y más apática que borrasca de lunes.
Se acerca con la máscara de una torpe sonrisa,
como si quisiera que me familiarizara
con su manera de llegar, siempre distinta,
siempre a deshora.
                                         La última vez
¿me pilló desprevenido?, ¿estaba triste?−
me habló directamente con esa ternura falsa
que se gasta: lo digo por tu bien,
conviene que te vayas preparando.

Esa noche, es verdad, me quitó el sueño.
Pero se fue de morros. Salió refunfuñando
porque no consiguió que perdiera mi tiempo
temiendo sus argucias o hablando de sus triunfos,
sino de todo lo que me hace ser feliz
aún sabiendo el final, sin pedir
nada a cambio: el agua tibia de la ducha
cada día, la música interior de los deseos
que no hace falta declarar, la pista de atletismo
y los caminos de tierra donde me entrego al sol
o me derrota la lluvia felizmente,
la cada vez más fértil soledad de las tardes
en las que −se ponga como se ponga−
no tienen cabida sus fúnebres augurios,
cada baile irreverente, cada sueño,
cada niño que corre hacia la orilla,
el recuerdo del mar,
                                           la risa de unos
y de otros (las madres y los hijos,
los hijos y las olas), los libros y las manos
que me esperan. Tantas cosas tan puras,
inmortales,
                        tantísimas auroras.

Los dos sabemos, claro está, que al final
saldrá ganando, mira tú qué misterio.
Pero entretanto, ea, cada cual a lo suyo.
Me niego a compartir el café con una extraña.

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