Cada mañana

Del fondo mismo de la tierra,
cuando se resquebraja hasta el aire
que nutre la energía de las almas
y los pájaros pierden el instinto
y caen como manzanas maduras al abismo;
cuando el mar, dolorido, brama
e invade la costa para engullir el sueño
de los que aguardan en la orilla,
cuando huye de la vida todo lo que cedía,
generoso, su aliento y su ternura,
la misma luz impenetrable emerge siempre
para herir tus ojos -¡ábrelos!- y exigirte
que mires más allá del aparente desorden
del mundo y sus frecuentes mascaradas,
que no te rindas al miedo hasta que penetre en ti,
un vez más, la dueña de la vida,
la incólume belleza con que sonríe el alba
después de la tormenta.

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