El otro camino

Aquí, junto a la luz recién nacida,
la soledad sonríe. No es la cicatriz
de una herida incurable, una línea de sombra,
una condena. No apunta siempre
hacia el acabamiento o la desgracia.
También abre veredas que desvelan,
por sorpresa, la transparente virginidad
en la que todo germina y se convierte entonces
en un humilde atributo de la vida del hombre.

 Atreverse a surcarla quizá sea el peldaño
que debíamos subir, el eslabón del alma
que nos desvele al fin la sencillez del misterio.

En soledad sentimos cada sueño que muere,
cada noche vacía, cada hoja que cae
sobre la tierra muda.

Cabe en mis manos como el vuelo de un pájaro,
desbroza con suavidad la fronda impenetrable,
humedece la piel sin hacer daño.

La escucho con fervor cada mañana
cuando extiende su manto de silencio
sobre las cosas todas.

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