Música, maestro

Canta sin miedo, alma mía,
estamos cerca de contemplar el último paisaje
frente al que has de abrir los ojos
con la avidez de siempre por si también
bajo esa atmósfera de niebla que imaginas oscura
se manifiesta la belleza,
                                                    estalla una palabra
con la brevedad de una luciérnaga
o fluye un silencio como el agua feliz
del manantial que tus labios han buscado
sin pausa varios miles de veces.

Canta sin miedo, canta,
sabes de sobra que a la vida le quedan ya
pocos enigmas que entregarte, mira con sorpresa
la delicada obstinación con que cultivas
lo que tu huerto ofrece todavía: dos o tres ritos
de tímida embriaguez cuando presiente el cuerpo
una caricia, la música infinita que navega
en tu sangre, la raspadura en la piel −ya leve−
de los recuerdos gratos.
                                                   Sé generoso y no le rindas
tu pasión aunque se venga nublando el cielo
cada día un poco más. Tú celebra lo vivido
y vete en paz, en paz contigo, sin una queja
innecesaria, cuando el momento llegue.

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