La misma lluvia

Aunque nunca volviera a pisar el camino
de los eucaliptus o a detenerme en la cuneta
para contemplar el oleaje, la cadencia milagrosa
del oleaje que me enseñó la lentitud para darle nombre
al mundo y clavar en el alma las raíces
más indestructibles,
                                    yo sé que seguirá lloviendo
para mi corazón en el camino del faro
y en la isla solitaria,
como lo hace cada noche a los pies de mi cama
y en la ladera de una montaña
de la que nunca contemplaré la silueta,
como llueve en la palabra miedo
y en aquella despedida que puede confundirse
con la noche,
                        llueve en el bosque de los cuentos
y en el columpio vacío
y en la espalda de un anciano.

Llueve sin esconderse. Sábado, invierno,
festivo, madrugada. Cuando toca.

Me gusta que lo haga después del desayuno
para mirar en paz por la ventana.
Se empapará el silencio de agua nueva.
Se mojará la tierra de la huerta
alegremente
y los zapatos de los niños
que la abuela ha dejado abandonados
en el fregadero del patio,
se encharcarán también la escalera de granito,
las mazorcas,
el banco de la plaza
y el aire invisible que nos dio la vida.

Intrusa

Ya sabes que no andará muy lejos.
A estas alturas de la edad
ni siquiera es necesario
intepretar los síntomas. Hace ya tiempo
que se prodiga más de la cuenta, se cuela
sin llamar, se pone pesadita.
                                                           Algunas noches
uno está más desnudo− se ha dejado ver
sin disimulo, a cara descubierta (es un decir),
más fea y más apática que borrasca de lunes.
Se acerca con la máscara de una torpe sonrisa,
como si quisiera que me familiarizara
con su manera de llegar, siempre distinta,
siempre a deshora.
                                         La última vez
¿me pilló desprevenido?, ¿estaba triste?−
me habló directamente con esa ternura falsa
que se gasta: lo digo por tu bien,
conviene que te vayas preparando.

Esa noche, es verdad, me quitó el sueño.
Pero se fue de morros. Salió refunfuñando
porque no consiguió que perdiera mi tiempo
temiendo sus argucias o hablando de sus triunfos,
sino de todo lo que me hace ser feliz
aún sabiendo el final, sin pedir
nada a cambio: el agua tibia de la ducha
cada día, la música interior de los deseos
que no hace falta declarar, la pista de atletismo
y los caminos de tierra donde me entrego al sol
o me derrota la lluvia felizmente,
la cada vez más fértil soledad de las tardes
en las que −se ponga como se ponga−
no tienen cabida sus fúnebres augurios,
cada baile irreverente, cada sueño,
cada niño que corre hacia la orilla,
el recuerdo del mar,
                                           la risa de unos
y de otros (las madres y los hijos,
los hijos y las olas), los libros y las manos
que me esperan. Tantas cosas tan puras,
inmortales,
                        tantísimas auroras.

Los dos sabemos, claro está, que al final
saldrá ganando, mira tú qué misterio.
Pero entretanto, ea, cada cual a lo suyo.
Me niego a compartir el café con una extraña.

Cada mañana

Del fondo mismo de la tierra,
cuando se resquebraja hasta el aire
que nutre la energía de las almas
y los pájaros pierden el instinto
y caen como manzanas maduras al abismo;
cuando el mar, dolorido, brama
e invade la costa para engullir el sueño
de los que aguardan en la orilla,
cuando huye de la vida todo lo que cedía,
generoso, su aliento y su ternura,
la misma luz impenetrable emerge siempre
para herir tus ojos -¡ábrelos!- y exigirte
que mires más allá del aparente desorden
del mundo y sus frecuentes mascaradas,
que no te rindas al miedo hasta que penetre en ti,
un vez más, la dueña de la vida,
la incólume belleza con que sonríe el alba
después de la tormenta.

Oda a Ricardo Reis

                                                                           Deixem-me apenas
                                                                    a consciência lúcida y solene
                                                                           das coisas y dos seres
                                                                                  RICARDO REIS 



Mirar sin ansia la apariencia de las cosas,
escuchar la voz de lo que guarda silencio
sin indagar en las causas últimas
de su inmovilidad ni lamentar siquiera
la desaparición de lo que parecía eterno.
Sólo sentir, estar atento a lo que existe
sin saber que existe, reconocer la belleza
inocente que siempre trae el día
y dar las gracias, en silencio, a solas,
desde la más pura intimidad del ser,
por el prodigio extraño de estar vivos. 

Padre e hija

Para qué quiero yo tanto dinero,
dijo la niña con mirada de pajaro
en la rama,
y se fueron a bailar
cogiditos de la mano
como si fueran libres.

Peón de rey

El sol se ha retirado de la arena.
Es de noche. El sosiego se derrama
como un velo de niebla. Nada existe
cuando cierras los ojos, fatigado,
sin poner resistencia a lo que venga.
La vida pasa, descalza, junto a ti.
Cruza el pasillo a oscuras y en silencio.
Como si no quisiera que la oyeras.
Parece arrepentida de haberte seducido,
pero a ti no te engaña. Ya lo ha hecho otras veces,
la conoces de sobra: cuando todo simula
derrumbarse de golpe, distribuye las piezas
con pachorra de anciano en el viejo tablero.
Mañana, con el día, te propondrá de nuevo
-te concedo las blancas, mueve ficha-
que inicies sin temores la enésima partida.

La puerta abierta

Tú sabes que has vivivo sin cerrar la puerta
y que por esas rendijas se ha colado
hasta el tuétano el cuchillo criminal
de un viento frío,
                               pero también
el timbre generoso de una voz
o una mano sin trampa, la flor
de una mirada que se da para quedarse,
la furia limpia del deseo, la bondad,
la desnudez valiente de la vida
dispuesta a derramarse sin cálculo
para ser lo que ha de ser: este riesgo
feliz, esta hoguera encendida, este regalo
a punto siempre de perderse entre la niebla.

Historia clínica

Si vuelve a golpearte, no te enfurezcas
ni te enfrentes a ella como si no la conocieras,
sólo sigue las huellas que va dejando,
indiferente, como la niña del cuento,
en el sendero.
                              Amóldate a su plan
sin renunciar a la belleza que tampoco
se rinde en las derrotas, enséñale
tus armas de alegría.
                                             Y si caes del andamio 
una vez más −si la vida te empuja−,
no protestes, ya tienes experiencia:
levántate despacio y comprueba si te has roto
algún hueso. En ese caso, al taller; si no, sonríe
abiertamente, sacúdete la ropa y vuelve
al baile.
                 Quizá sólo te pincha, la taimada,
aunque a veces se pase de la raya y te haga daño−
para que no te embeleses en la sencilla vida
de perro callejero o de hombre libre
que te has ganado a pulso,
                                                para que no te olvides 
de la cita de mañana en el dentista
otra vez, qué pesadilla− ni del lugar
hacia el que, hagas lo que hagas, como todos,
te diriges.
                      Si te ve flaquear estás perdido.

Unos minutos

Cada hora feliz, cada minuto
tampoco hace falta que exageres,
da sentido al desconcierto de la duda
aunque a menudo se ensombrezca el cielo
y tu entrega, desorbitada siempre,
te llegue a parecer un desperdicio.
Lo que has vivido con el alma en vilo
no se borra del mapa aunque los perros
del pánico se adueñen de la noche,
aunque te gane la pena y no puedas
evitar la sensación de extravío,
una vez y mil veces, en el oscuro
bosque de la vida.
                                Nada se pierde
si tu cansado corazón es capaz
de agradecer cada pequeño gesto,
el beso inesperado, la palabra
certera, el parpadeo que tu lenta memoria
preserva del olvido entre las horas muertas.

El hilo

No sé qué andas haciendo cada tarde,
lejos de mí, quizá sin un recuerdo
memorable que nos junte un instante
más allá de la vida cotidiana.
Pero sí que en mis manos permanece
el brevísimo calor de tu carne,
en mis ojos el fulgor de los tuyos
y en el fondo de mi sangre, serena
y misteriosa, una música extraña,
la certeza de haber sido una rama
donde hallaste, fugaz, el merecido
descanso de tu vuelo inalcanzable.
Fue muy breve cada vez, pero late
desde entonces incesante y eterno.
Que tú no lo percibas es superfluo:
hay un hilo en el aire que nos une.
Una vida feliz.
                          Polvo de oro
que el viento disemina a su capricho.

Dos pasos por detrás

El tiempo, hace ya tiempo, no es el enemigo.
Ni siquiera aquel paisaje entre la niebla
que teníamos siempre por delante
y nos daba también algo de miedo.
Ahora es más como el viento, traicionero
e invisible,
                     colándose a deshora
por debajo de las puertas.
Si acaso, nada más, el cachorro sin dueño
que apareció una tarde en medio del camino
con su mirada lánguida de no haber roto un plato
y que nos sigue desde entonces,
tembloroso, leal, a todas partes.
Con su perruna cara de pregunta.

La luz insomne

Está la luz despierta,
sentada en una piedra
de millones de años,
esperando a que salgas
de ese túnel de sombras
en que estás atrapado.
Está la luz despierta
en mitad de la noche
aunque cierres los ojos
como si no existiera.

La mirada inicial

Abrir los ojos cada día
muy temprano
                           para entrever
el humilde fulgor de una mirada
inolvidable
                   o aquel instante único
en que el paisaje del que formas parte
desde el principio de los tiempos
desnudó su misterio
para entregarse a ti.
                                   Para que tú lo vieras
como nadie podrá verlo nunca.

Mi voz en el desierto

¿Te ha llegado mi voz, la que escuchabas
en silencio cada noche?
                                           ¿Qué puedo
hacer ahora para que te alcancen
aquellos versos que querías tanto
Blas de Otero y Vallejo sobre todos−?
 ¿Recuerdas? Te los grabé en una cinta
que llevabas contigo a la cocina
para hacer un puré siempre sabroso
o escuchabas a solas en tu cuarto
si tardaba en volver en esas noches
puñeteras que el insomnio sembraba
de miedos y nostalgias.
¿En qué mesilla te dejo ahora este poema
si ya no me respondes, si eres
ida antes de tiempo, llena de preguntas
sin respuesta, cuando no te tocaba?
¿Qué hago con la sílaba rota y el silencio,
dónde pongo la pausa, dónde bramo
en voz baja para que tú me escuches?
Eras tú la que le dabas vida
a la voz temblorosa que entonces recibías
con el alma entreabierta, con hermosa paciencia.
Ya nadie se hará cargo de la lluvia
o la emoción, aunque fuera a escondidas.
Ya nadie escuchará como lo hacías.

Ligeros de equipaje

Despojarse de algo cada día
-ropa vieja, rencores, una duda
que ha dejado de serlo-
para seguir viaje sin el peso
de lo inútil. Navegar hacia la luz
del sol sin detenerse
a lamentar los últimos errores,
seguir el ritmo que nos marca el alma
y adentrarse sin miedo en la espesura
del océano hasta encontrar la estela
que ha de llevarnos hasta la misma playa.
Que la noche pasada no destruya
el misterio de la que nos espera.
Que el último estallido nos encuentre
con los ojos abiertos y el corazón
en paz, como ese tramo de paisaje
que sólo se revela o resucita
para los que regresan.

El otro camino

Aquí, junto a la luz recién nacida,
la soledad sonríe. No es la cicatriz
de una herida incurable, una línea de sombra,
una condena. No apunta siempre
hacia el acabamiento o la desgracia.
También abre veredas que desvelan,
por sorpresa, la transparente virginidad
en la que todo germina y se convierte entonces
en un humilde atributo de la vida del hombre.

 Atreverse a surcarla quizá sea el peldaño
que debíamos subir, el eslabón del alma
que nos desvele al fin la sencillez del misterio.

En soledad sentimos cada sueño que muere,
cada noche vacía, cada hoja que cae
sobre la tierra muda.

Cabe en mis manos como el vuelo de un pájaro,
desbroza con suavidad la fronda impenetrable,
humedece la piel sin hacer daño.

La escucho con fervor cada mañana
cuando extiende su manto de silencio
sobre las cosas todas.

Por alegrías

Cuando llegue la mañana
con su milagro de soles
y su cielo de canciones,
báilame tú una alegría.

En la orillita del mar
o en la hamaca de la luna
cuando te eches a soñar.
Baila donde yo te vea.




Música, maestro

Canta sin miedo, alma mía,
estamos cerca de contemplar el último paisaje
frente al que has de abrir los ojos
con la avidez de siempre por si también
bajo esa atmósfera de niebla que imaginas oscura
se manifiesta la belleza,
                                                    estalla una palabra
con la brevedad de una luciérnaga
o fluye un silencio como el agua feliz
del manantial que tus labios han buscado
sin pausa varios miles de veces.

Canta sin miedo, canta,
sabes de sobra que a la vida le quedan ya
pocos enigmas que entregarte, mira con sorpresa
la delicada obstinación con que cultivas
lo que tu huerto ofrece todavía: dos o tres ritos
de tímida embriaguez cuando presiente el cuerpo
una caricia, la música infinita que navega
en tu sangre, la raspadura en la piel −ya leve−
de los recuerdos gratos.
                                                   Sé generoso y no le rindas
tu pasión aunque se venga nublando el cielo
cada día un poco más. Tú celebra lo vivido
y vete en paz, en paz contigo, sin una queja
innecesaria, cuando el momento llegue.

Último baile

Cuando la muerte baile ya
cada mañana
como una flor en la ventana
y el corazón se acople sin rencor a su vaivén,
el dolor sólo será una huella en el camino
que seguirán, indóciles, eternos,
los que vienen detrás
con un vigor que para ti será emoción
sin adornos
                      porque en tu aliento
latirá −nube que pasa− la piedad
de quien ha sido
apasionado huésped de la vida
cada día y ahora está cerca
de llegar al final 
                               sin lamentarlo.

Semilla

Toqué la célula
más honda con la levedad
del pájaro que se mece
en la rama. 
                    Se derramó 
en mi corazón
la transparencia de la luna
y su misterio.
                           Que el viento
no se lleve la semilla
minúscula
                      que será,
si la riegas cada día
con la yema de los dedos,
si la mojan tus labios
en las noches oscuras,
                                               la raíz
de una caricia
que habrá nacido a la vida
con humilde vocación
de árbol.

Lo sabía Wisłaba

Esa tonta presunción
de que hace gala la palabra todo,
pavoneándose en el escenario
como si nunca fuera
a equivocarse,
se desdibuja en el vacío
lo mismo que una nube
con el paso del tiempo,
se desmaya en la arena
como hace siempre el agua
por más fuerza que traiga,
se deshace en la boca
y queda en nada
cuando el público,
en silencio,
abandona el teatro.

Una pequeña ola en tu memoria

                                  Todavía duermes contra mí, amado,
                            como si nada hubiese ocurrido,
                            tiemblo,
                            pequeño habitante de un paraje que nunca fue mío.
                                     MIYÓ VESTRINI

Ya no duermes contra mí, grano de arena,
pequeña flor salvaje que diste la vida
literalmente
en cada respiración, en cada grito silencioso
frente al cristal, en cada salto en el vacío,
diste toda la vida
cada vez
                      dejándome en la piel
aunque ahora ya no estés, habitante de la sombra−
el surco árido de la ausencia y la verdad sin trampa,
rescoldo puro, del deseo.

Ya no duermes contra mí, gota de agua,
ola profunda que nunca se retira,
pero te duermo yo fielmente
cada noche
aunque tu nombre sólo de tarde en tarde
resuene en el errático vaivén
de las conversaciones.
Ya no duermes contra mí pero me habitas,
célula inolvidabe, como tú querías.

Alborada

Todo es provisional, como la vida.
La lluvia vengativa
que cae en tromba sobre el asfalto sucio,
las ganas de escapar hacia otro nido,
la tenaz pesadilla que a todos nos persigue,
el cuarto oscuro, la luna llena, el sonajero
de olas y campanas
que oíamos de niños con la boca abierta,
el deseo de ser lo que no somos
y también lo contrario, la costumbre
y la escapada,
la noche misma con sus pasadizos
de sombra hacia la sombra.
Todo provisional,
                                     el sol de mayo
y la tormenta que arranca del alma
puertas y ventanas. La humilde vida
que no siempre hace trampas, que no engaña
cuando mira de frente
y nos convence de que, a pesar de todo,
es muy recomendable la alegría
de mantenerle el pulso.
                                                   Por si la flauta suena.